Mi hermano y yo
imaginábamos personajes y componíamos argumentos, prolongando los innúmeros
minutos de cada día hasta que el atardecer los hacía parecer escasos.
Ese día en particular jugábamos juntos como tantas otras veces, escabulléndonos por los oscuros pasillos de piedra de las ruinas que visitábamos con mis padres en esa tarde gris, saltando los canales de agua verdosa y trepando a las toscas esculturas, venosas de hiedras.
Y allí aparecieron ellos, dos hombres con más
aspecto de oficinistas que de matones; lo tomaron de los brazos, casi como
jugando. El no opuso ninguna resistencia mientras, esquivando las mismas acequias que nosotros saltábamos, lo llevaron hasta un
coche.
Mis padres, que
contemplaban a pocos metros, permanecieron impasibles. Me alzaron en sus brazos
y nos apartamos, casi al mismo tiempo que un par de hombres armados se
agregaban a la escena, ya de más confusa para mí, y mientras los del coche
neutralizaban a estos últimos mi padre agradecía al aire que se acabara la
espera.
Mi hermano testificaría lo que había visto, y finalmente no precisaría ya de la custodia constante de esos hombres con aspecto de oficinistas.
Mi hermano testificaría lo que había visto, y finalmente no precisaría ya de la custodia constante de esos hombres con aspecto de oficinistas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Algún comentario al respecto?