Parecía estar oscureciendo; o aclarando. En ambos casos
el efecto es el mismo: el cielo y todas las sombras se veían en matices de un gris indescriptible. Una masa de gente se apelmazaba frente a un gran
edificio, de extensión predominantemente horizontal. Los cercos alambrados se
elevaban a una altura suficiente como para reflejar la impenetrabilidad de la
inmensa fábrica.
La gente fue dispersándose, pronto desapareciendo. El paisaje quedó desierto como
algún cuadro de De Chirico que en seguida se dibujó en mi mente, representando
a la perfección la sensación cuasi inhumana que
parecía en verdad inherente a aquella construcción a la que yo conocía bien.
Dos de mis compañeros eran los únicos que no habían
marchado junto con la multitud, y al igual que yo planeaban confusamente ingresar al interior del predio. Pronto nos
encontramos los tres atravesando las altas puertas de tejido metálico, luego de
abrirlas pacientemente evitando cualquier método que precisase
violencia. Nos internamos en terreno de la fábrica , deslizándonos sobre el
húmedo pavimento.
Distintos tonos de cemento era todo lo que nos
rodeaba; a cierta distancia, un estanque rectangular parcialmente cubierto por una gruesa tapa de metal
blanquecina, en parte desteñida, en parte oxidada. Alrededor se encontraba
un grueso cerco de escasa altura, con su puerta completamente abierta. Algo me
atrajo y pronto me encontré
solo, penetrando el cerco y dejando a mi curiosidad arrastrarme hasta el borde descubierto del estanque. Asomado tímidamente observé su contenido; un líquido translúcido, más bien azulado y casi amenazador, asemejándose a aquel
preparado tan corrosivo que solíamos utilizar en nuestras tareas diarias en la fábrica.
Mi contemplación no duró mucho; apenas pude alzar mi
vista para ver la sombra de una silueta arrojándose sobre mí. Caí hacia un
costado y con insospechada agilidad me escurrí hasta uno de los extremos del
estanque, donde tomé una maciza pala a modo de arma de defensa.
Imaginable es la sorpresa que me causó ver que mi
agresor era una persona de mi altura y mi contextura física... su cara me
resultó tan familiar como la que veía cada mañana
reflejada en el espejo mirándome mirarle.
El combate no duró mucho. Me vi
con actitud temerosa, me vi intentando huir; golpeando con la pala, golpeando con mis puños, viendo cara a cara a mi contrincante, empujándolo fugazmente dentro del estanque y viéndolo disolverse.
Satisfecho, me deslicé fuera de la fábrica y atravesé
el hediondo basural que rodeaba la zona, teniendo demasiado claro mis objetivos
como para pensar que realmente se trataba de mí. Entonces comprendí que no era
yo quien había vencido en la lucha.
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