Todo había sucedido tan atropelladamente que me parecía increíble tener cualquier recuerdo coherente y secuencial: la ruta, la lluvia, el barro, mis ansias por llegar; un kilómetro más... Un día más. En apariencia uno como tantos otros, ignorando que contendría ese punto de inflexión, ese insalvable antes y después para entregarme a un eterno nunca más.
Y aún ahí, ya sintiendo ese bip electrónico al ritmo de mi corazón cumpliendo abnegado todavía con su tarea cotidiana, ya sumergido en el olor y el rumor de la sala de cuidados intensivos, aún ahí podía yo evocar en mi nariz y en mi boca el sabor caliente y repentino del golpe en mi cara y en mi cráneo; todo mi cuerpo entregado inerme al aturdimiento que inescapablemente le tocaría soportar cuando salí disparado del asfalto, fuera de control y fuera de plan.
La resignación no lograba sucederle a la sensación de irrealidad: era yo quien estaba ahí.
La energía eléctrica parecía haberse cortado, si. Entreabrí los ojos para ver la ventana de mi habitación en penumbra y volví a dormirme al son del bip de la UPS.
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