Me tomó bastante trabajo hacer que saliera de casa, y ni vale la pena decir que volvió una y otra vez en los días (y semanas) siguientes; a la alacena, al garage, al living...
Este reincidente personaje (que por reincidente terminó recibiendo un nombre, "Martín", para poder referirnos a él con mayor fluencia) causó dos cosas: una que ajustara más las medidas de limpieza de mi casa y otra que recordara lo simpático que me parecieron siempre los roedores.
Así fue que casi terminando el invierno, agarré y me compré un hamster. Bicho bonito, si los hay.Plica se llamó. A la primera semana ya lograba que comiera de mi mano. A la segunda semana se paraba en sus patitas de atrás husmeando hacia arriba. A la tercera semana se me trepaba por el antebrazo, claramante en busca de un escape de su jaula. Hoy, a la cuarta semana, me levanté y su jaula estaba vacía. Por lo visto decidió mudarse a una maceta con remolachas que está en el comedor.
Fue fortuito que no se escapara al patio; pura casualidad que la puerta no estuviera abierta. Probablemente, de verlo huyendo por el pasto, los chimangos no lo dejarían llegar muy lejos.
Y qué hacerle; puse la maceta adentro de la jaula con agua, comida y sus juegos favoritos, y por ahora Plica parece cómodo (aparte de orgulloso de su aventura). Pero se que es cuestión de tiempo para que encuentre alguna nueva forma de escaparse.
Me hace pensar si Martín, una vez aceptado adentro de mi casa, querría escapar también. Yo creo que si.
Los seres vivos somos inquietos, quizá para eso es que existe la vida: para hacer que la materia y la energía se anden transportando de acá para allá, en forma bastante impredecible.
Quizá aplacaría un poco a Plica si le explicara que, finalmente, estamos todos en una jaula. La nuestra es más grande, eso es todo.
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